lunes, noviembre 13, 2006

A una semana de la 1a Caravana a Oaxaca: breve relatocrónica

4 de noviembre de 2006. El punto de encuentro fue el Hemiciclo a Juárez (México, D.F.). La cita, a las 9:00 de la mañana, horario de la resistencia y horario actual.

Desde las 8:30 hrs. comenzó a llegar, en automóviles, camionetas y caminando, el vario pinto contingente que, poco a poco y luego de casi tres horas de espera, conformaría la Caravana motorizada en apoyo a la APPO y en contra de la intervención policíaca y militar en el estado de Oaxaca.

Luego de habernos registrado absolutamente todos los que iríamos en esta caravana, se llevó a cabo un mitin en el que se presentó a los coordinadores de la misma y en el que los compañeros maestros en huelga de hambre dirigieron algunas palabras de agradecimiento. Obviamente, y como parte de una especie de motivación intrínseca al movimiento y muy personal en el caso de cada uno de nosotros, se dejaron escuchar varias consignas y el clásico Venceremos con el puño izquierdo en alto.

Poco después, ya casi rayando el medio día, abordamos los vehículos, yo un camión, no sin antes haber pasado por minutos de incertidumbre, pues nadie sabía cuál abordar ni en qué momento preciso.

Así, comenzó la Caravana avanzando a paso lento, muy lento, por el eje central y el eje 1 norte. A lo largo de nuestra marcha por la ciudad recibimos cualquier cantidad de muestras de apoyo y encono, de insultos, aplausos y dedos pulgares alzados. No sé de cuáles más ni de cuáles menos.

A la altura del mercado de Granaditas sufrimos el primer conato de violencia, originado por un simpatizante de las buenas costumbres televisivas y radiales, que increpó a los integrantes de uno de los camiones,avnetando, literalmente, su auto. Debido a este hecho nuestra salida de la ciudad fue más tardada de lo programado, pues tuvimos que esperar a que se resolviera el conflicto para seguir avanzando.

Ya en la carretera, tuvimos que hacer otra parada técnica para esperar a los rezagados del lento tránsito citadino de los sábados, pasadito el medio día.

Ahí fue dónde nos topamos, por vez primera, con varios camiones de PeFePos que parecían ir cuidándonos, pues viajaban a nuestro lado y casi al mismo ritmo.

En Puebla, sobre la autopista, hicimos varias escalas, dos de ellas por revisiones policíacas, en las que el problema no fue tanto la altanería y amenaza de los federales –con sus armas apuntando hacia nosotros o sus cámaras de video filmando cuánto alcanzaban a mirar–, como el lento proceso que implicaba la revisión de casi 60 vehículos. Pues debíamos esperar a que todos fuéramos revisados para poder partir.

Otra larga parada se produjo cuando nos enteramos de que nuestros simpáticos compañeros de viaje de la PFP, prohibieron la venta de diesel a uno o dos camiones porque traían mantas de la APPO, apagando totalmente dos gasolineras y clausurando la venta para cualquier vehículo que por ahí pasara. Estuvimos más de dos horas esperando la llegada de los rezagados, hasta que se formó una comisión para llevarles gasolina y traerlos con nosotros. En este momento ya eran más de las 20:30 hrs. y seguíamos en Puebla, sintiendo cómo nos calaba el frío hasta los huesos.

Cuando pudimos continuar nos trasladamos hacia Huajuapan de León, donde nos esperaban compañeros de la APPO para, ahora, darnos de cenar. Luego de algunas escalas breves arribamos a este municipio como a las 2:30 hrs. del nuevo día. Los compañeros nos recibieron con gran beneplácito y varias ollas de arroz, huevos duros y tortas, acompañados de café, agua, té y pan dulce. Ahí se nos dio el aviso de que saldríamos hacia la ciudad de Oaxaca hasta las 5 de la mañana, para prevenir posibles detenciones en la carretera o “algún susto”. Casi nadie durmió, sólo los choferes y uno que otro compañero lo suficientemente cansado como para bajar del autobús y cenar.

Ahí, nos topamos con algunos taxis que traían pegados carteles de apoyo a URO y con uno que otro habitante que se burlaba abiertamente de nosotros, gritando consignas, riendo y bebiendo en medio del plantón, o que comentaba con su acompañante que éramos gente rara, extranjera seguramente y sin cara de oaxaqueña.

A las cinco treinta de la mañana abordamos nuevamente los vehículos y agarramos camino hacia Nochixtlán (no estoy segura de que así se escriba), aprovechando el arrullo de los camiones para dormir un poco.

Cuando abrí los ojos ya había amanecido. Minutos después nos encontramos con otro contingente de serranos, en más de veinte vehículos, que se unía a la Caravana.

A las 9:30 hrs. entramos por fin a la ciudad de Oaxaca, y nos dirigimos al monumento a Benito Juárez, donde ya se encontraban reunidos cientos de compañeros del magisterio y de otras tantas organizaciones.

Una hora más tarde la marcha iniciaba. Como parte del contingente de “extranjeros” me tocó ir a la cola de la marcha, lo cual me permitió observar, en ciertos puntos de la avenida, la enorme cantidad de personas que integraba esta marcha y lo largo de su caudal.

A nuestro paso por la calle que nos llevaría hacia el centro de la ciudad, nos encontramos con varios grupos de personas, unos más grandes que otros, que se habían aposentado en las banquetas, puentes y bardas para mirar y sentir de cerca el apoyo de los marchistas de Atenco, Michoacán, Guerrero, Chiapas y el Distrito Federal. Muchos portaban carteles y mantas que nos daban las gracias por estar ahí. La mayor parte de ellos aplaudía, levantaba los brazos y los pulgares, y gritaba “Ese apoyo sí se ve” cuando escuchaba de dónde veníamos. Se veían verdaderamente contentos y satisfechos.

Luego de poco más de tres horas de caminata y de sentir que nuestras gargantas no podían emitir un sonido más, llegamos al centro de la ciudad y nos dirigimos hacia la plaza de Santo Domingo, donde ya habían dado inicio al mitin y donde ya no cabía ni un alma más.

Las sonrisas, gestos y aplausos de los oaxaqueños que nos veían pasar nos iban levantando poco a poco el ánimo, haciéndonos olvidar, al menos por momentos, el enorme cansancio que ya iba venciendo nuestros cuerpos.

Al terminar el mitin y al disgregarse levemente los contingentes marchista y observador, fuimos invitados a comer por los compañeros del plantón.

Horas más tarde, ya comidos y un poco más descansados, decidimos dar una vuelta por la ciudad y observar cómo estaban las cosas. Algunos decidieron irse hacia la UABJO, otros recorrimos el centro y fuimos testigos del autocerco que se dieron a la tarea de construir los ‘pobres’ PeFePos durante la noche y la madrugada, para detener nuestra entrada violenta. Resultaba verdaderamente irrisorio mirarlos ahí, parados con sus cascos, escudos, toletes, tanquetas y demás, sin poder hacer nada, detrás de cercas de alambres de púas, contenedores de basura y vehículos quemados. ¿Realmente pensarían que eso de organizar una caravana pacífica para romper el cerco militar significaba entrar a la ciudad oaxaqueña con la consigna de arrasarlos a golpes de piedra o palo? Si así hubiera sido, con las miles de personas que marchamos y con su autoencierro, no hubieran tenido escapatoria y hubiéramos podido darles un buen escarmiento simplemente con piedras. Pero somos pacíficos y por más vulnerables que ellos estuvieran, nunca lo hubiéramos intentado.

Al atardecer, ya casi oscureciendo, pudimos observar cómo los aburridos PeFePos se autoliberaban, quitando los alambres y regresando a sus puestos acostumbrados. Vimos también que abrían el paso hacia el centro, dejando entrar a quien quisiera mirar el desolado zócalo. Yo no entré, pero me enteré de que sólo dejaban entrar a aquellas personas que parecieran respetables y que a las que no lo parecían o iban en ‘banda’ les cerraban el paso para auscultarlas y revisar sus pertenencias. A esa hora, ya casi las ocho, sólo algunas calles estaban iluminadas, el resto se sumergía en una profunda oscuridad. Afortunadamente, brillaba en el cielo una hermosa luna llena.

A diferencia de mis otros viajes relámpago a esta ciudad, desde que inicio el conflicto, esta vez no vi un solo turista. Tampoco hallé demasiados comercios abiertos, por el contrario, la mayoría tenía cerradas sus puertas y sólo una parte de ellos despachaba por las ventanas. Algunos artesanos tenían pequeños puestos en las calles, pero comenzaban a quitarlos en cuanto caía la noche. Ahora sí, gracias a la PFP y su estado de sitio, se ha acabado la vida cultural y comercial de la turística capital oaxaqueña.

Debido a la oscuridad y a la inseguridad que ahora sí se siente en la ciudad, no pude seguir observando nada más. Así que dediqué mis últimas horas a charlar con los compañeros caravanistas y plantonistas y a esperar el camión que nos traería de regreso.

Vale decir, por cierto, que algunos caravanistas, quien sabe de qué procedencia, increparon a algunos miembros de la APPO por la impuntualidad de los camiones y los cambios de planes cada media hora. No sé qué estarían pensando, tal vez se les había olvidado por qué habían decidido ir y en qué situación se encuentra Oaxaca. ¿Creerían que más que marcha y caravana, había sido todo parte de un Oaxatour? Quien sabe. Sólo lamento que los compas de allá hayan tenido que lidiar con este tipo de gente, que en realidad no entiende nada de la lucha popular ahí gestada.

En fin, luego de 22 horas de viaje, de tres y media más de marcha y de siete de reconocimiento, abordamos el camión que nos traería de vuelta a las 23:30 hrs. Ahora sí dormimos todos. Ahora sí abrimos los ojos, por ahí de las ocho o nueve de la mañana, para observar que esta vez sí habíamos logrado llegar a nuestro destino en el tiempo programado.

Beatriz Eshar

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