miércoles, octubre 04, 2006

La violencia, Oaxaca y nosotros: ¿qué hacer?

Sabíamos que la violencia y la represión de estado serían inminentes.

Sabíamos que la legitimidad de la lucha, de sus demandas y de sus individuos, nada valdría frente a la necedad del “insigne” foxigobierno y de sus compinches y verdaderos mandatarios.

Desde el inicio, desde el robo de la gubernatura, desde la imposición priísta, desde la absurda e imbécil represión del 14 de junio –de Atenco, de Aguas Blancas, de Tlateloco, de los rechazados del Poli y la UNAM, de las muertas de Juárez…–, sabíamos que la única salida “legal” y “políticamente correcta” al conflicto oaxaqueño (por decirlo de alguna manera, por sólo citar al movimiento sociopolítico más evidente, innovador e insólito de nuestra breve historia contemporánea mexicana) sería la manipulación mediática y su consecuente ola de provocación y caos organizado, que tendrían como único fin la entrada de las “fuerzas del orden” para apaciguar a los revoltosos maestros oaxaqueños y sus insurrectos simpatizantes: los demás ciudadanos. Lo sabíamos.

Poco o nada hicimos desde entonces. Algunos discutimos con los amigos, formamos grupos de discusión y de creación de textos con tintes políticos; fuimos a marchas, realizamos mítines; asistimos al cine, nos reventamos todos los fines de semana posibles; comimos sándwiches viendo la televisión, las noticias; leímos poesía, asistimos a tertulias literarias, a presentaciones de libros; flirteamos, fajamos y cogimos con quien se pudo; nos enamoramos, nos dejamos; cambiamos de casa, de trabajo, de escuela; hicimos amigos, crecimos, viajamos… En fin, vivimos.

Hoy, como siempre, la historia y la lucha demandan de nosotros cierta presencia, un leve compromiso, algo de participación activa, un vistazo aunque sea.

Nosotros, los “preocupados”, los conscientes y letrados, estamos hasta el cuello de trabajo, de compromisos, de responsabilidades nuevas. Tenemos proyectos, ideas y sueños que queremos alcanzar en un futuro mediato. Tenemos amores, pasiones y deseos que efectiva y realmente nos quitan el sueño. Vemos a diario la guerra en el mundo, la violencia y la destrucción constantes e infinitas. Lloramos y nos angustiamos por no poder estar ahí para salvar a las tortugas, para rescatar las hermosas construcciones barrocas que por falta de presupuesto se están cayendo. Se nos abren grandes huecos en el alma al transportarnos en metro y ver y vivir la pobreza y miseria humanas encarnadas en niños, viejos, deformes o ciegos. Nos quejamos de la mala preparación de nuestros maestros normalistas y criticamos, eso sí, a nuestros jóvenes alumnos amantes del game boy, el ex box, la Academia o Rebelde.

Queremos hacer, decir, gritar, manifestar, y no podemos, o en el fondo, no queremos. Nuestro “deber” es reaccionar, actuar, pero la realidad y su aplastante constancia nos impide movernos, replicar.

Vemos venir, como decenas de veces antes, la represión, la manipulación mediática, la desazón y la violencia. ¿Qué hacemos frente a tal estado de cosas, frente a tal permanencia? Nada, fundamentalmente nada.

Leemos el periódico, escribimos, difundimos información, estamos atentos, pero, ¿de qué sirve todo eso? ¿Cómo contribuye en algo a la lucha oaxaqueña, indígena, campesina, minera? Tal vez no contribuye en nada.

Sabemos que no basta con las pequeñas acciones, con despertarnos un día y sentirnos dispuestos a pelear; con participar en una, dos o tres luchas coyunturales y avocarnos de todo a todo a ella, mientras ningún otro compromiso (llámese casa, vestido o sustento) interfiera; o con hablar de ello todo un mes para luego no volver jamás a mencionarlo.

¿Cómo hacerle entonces, qué hacer, por dónde encaminar nuestros pasos, con qué medios? Yo, al menos, no lo sé, o no estoy segura saberlo.

Al día de hoy, lo único que puedo afirmar con toda certeza es que independientemente del lugar en el que nos encontremos, de las personas y las circunstancias, debemos hacer saber por todos los medios a nuestro alcance que no estamos de acuerdo con este sistema hegemónico, capitalista, neoliberal, de derecha, injusto, desigual, represor y demás adjetivos que queramos agregarle. Desde nuestra propia trinchera avanzar, concienciar, debatir, platicar, escuchar.

Un nuevo proceso comienza, la crisis política, económica y social mundial no tarda en manifestarse, la plusvalía industrial ya no da para más; el narco y sus asquerosos secuaces van destruyéndolo todo, nos van destruyendo a todos; la industria de guerra cada vez resulta menos rentable; los recursos naturales están a punto de extinguirse, los…

Ahora es el momento de comunicarnos, de unificar las luchas, de organizarnos en un solo frente amplio que no parta de la izquierda inexistente mexicana sino de la gente que ha mostrado su disposición al cambio, su hartazgo y enojo frente a más de cien años de saqueos, deudas, pérdidas territoriales, humillaciones, pobreza.

Vámonos identificando. Manifestémonos con pancartas o carteles en las fachadas de nuestras casas, con aerosoles en las paredes de las calles, con consignas bordadas o pegadas en nuestras mochilas, con nuestra actitud y actividades diarias, con nuestro compromiso en lo que hacemos con pasión; con nuestras palabras, nuestros escritos, nuestra presencia en cuanto acto político se pueda, no sólo como observadores sino como participantes verdaderamente activos, que discuten, al menos, con el ser humano que tienen al lado. Parece poco, sí. Pero es lo que todos podemos hacer para mostrarle al mundo, a la gente que viaja con nosotros en el metro y en el micro, que no estamos ni estaremos de acuerdo y que la organización apenas comienza. Que la lucha lleva años, pero que apenas está en su primer hervor, que se cuece poco a poco, que cuesta resistirla, que a lo mejor no nos toca ver su culminación, que somos parte de ella, pero que no seremos los vencedores.

Hay que informarnos, organizarnos, identificarnos y difundir lo poco o mucho que nos llega al respecto de Oaxaca y otras tantas luchas, ahora en marcha. No podemos sentarnos y esperar, para luego decir: “Ojalá que la represión nos agarre confesados”.

Tenemos que prepararnos, debemos prepararnos. Claro, siempre y cuando queramos hacerlo.


Beatriz Eshar.

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