miércoles, septiembre 20, 2006

Misiva abierta a la comunidada artística, científica e intelectual

Por la confusión irrelevante de la vida

que es tremenda porque asesta la Belleza.

Jorge Fernández Granados

Lo que ocurre ahora en Oaxaca constituye un mirador inmejorable de nuestras posibilidades y contradicciones como sociedad, como ciudadanía participativa en busca de modos de organización y de hacer política desde la protesta y la manifestación pública. Tomar la calle se torna cardinal en una sociedad vejada, ignorada, violentada física, social, cultural y simbólicamente. Ya Simone Weil advertía que mucha de la opresión existente en las sociedades capitalistas se origina en la lucha por el poder, uno de los escultores de la historia y sus abismos. En este caso observamos cómo un gobernante repudiado, corrupto y corruptor, es desconocido por amplios sectores de la población (y de todas las clases sociales). Sin duda no se trata de una mayoría aplastante (como dice la fallida y contraproducente propaganda antigubernamental) pero sí, y lo principal, creciente.

La torpe, negligente, autoritaria actuación gubernamental en todos los niveles se ha recrudecido. Su reacción frente a la oposición ciudadana muestran y demuestran su insensibilidad, impericia y desaseo en la realización de la política, esa actividad fundada en el diálogo honesto y la capacidad de lograr acuerdos y consensos. Sobra decir que todo ello estaba roto –para una porción de la sociedad oaxaqueña– desde antes incluso de que este paro magisterial, en sus inicios “habitual”, se desbordara y transformara en la movilización civil más importante de la historia reciente oaxaqueña. El malestar social no viene de hoy ni ayer, no fueron sólo el cinismo y saqueo, corrupción e incompetencia galopantes del actual gobierno en vías de extinción, ni el atroz gobierno muratista ni los desatinos y excesos de la administración diodorista; el descontento viene de siglos arriba, de décadas de regímenes priistas, esos saqueadores, asistencialistas, coaccionadores del voto, donde sólo se fueron ahondando las injusticias y las desigualdades más hirientes. Aquellos que sólo han gobernado desde el ethos caciquil.

En este contexto, en la realidad que nos alcanza a diario, la participación o la expresión de sectores importantes, aunque minoritarios, del entramado oaxaqueño no ha aparecido aún. Muchos, como es habitual en la clase media de la que proviene la mayoría, hemos optado por la indiferencia, el acercamiento distante y accesorio o de plano por la apatía. Mientras en nuestras casas, talleres, cubículos, computadoras, libros, violines todo siga en orden, su curso natural, lo que acontece al lado puede pasar inadvertido. O nos puede indignar, hartar; el cansancio legítimo de muchos ciudadanos que aún no conocen las razones y raíces inmensas de este conflicto oaxaqueño y sus “molestas” manifestaciones callejeras. Problema que nos atañe a todos y que a todos debiera incumbir. Es importante mencionarlo: mientras no haya conocimiento no habrá comprensión.

He observado que la comunidad académica-artística-cultural establecida en la ciudad de Oaxaca, sus alrededores y en el estado, se halla disgregada, de plano atomizada. Cada quien para su cauce y causas. Nada mal. Pero hay momentos en la vida, yo no sé (evocando a Vallejo), en que las circunstancias y sucesos no pueden seguir siendo ignorados, en que nuestra participación se vuelve imprescindible. Como creadores de valores de uso simbólico y estético, como investigadores sociales, científicos, como poseedores del tiempo insoslayable para la creación artística y académica, con el tiempo –es decir, el ocio– para desenvolver y florecer nuestras capacidades, no podemos enmudecer nuestra expresión frente a la corrupción política e institucional, la crisis social, la educación cada vez más deteriorada, la sangre derramada. Tampoco podemos ignorar, o lo peor, ni siquiera observar, los diversos ingredientes de este tejido complejo. Y es que Oaxaca no ha dejado de ser una sociedad colonial por antonomasia –con su discriminación, marginación, desigualdad vigentes– muy acentuada aunque no, por ejemplo, a los niveles ignominiosos de Chiapas y sus coletos (los mestizos que se niegan a sí mismos, cuando rechazan cualquier vinculación con uno de sus orígenes, la cultura mesoamericana).

Al desconocer los motivos y razones del entramado oaxaqueño ignoramos, entonces, parte de lo humano, de lo que supuestamente bebemos y expresamos a cabalidad y profundidad en nuestras labores. Y valgan las obviedades que expreso, pero al no comprender las contradicciones de la calle, es decir, la vida de la cotidianidad en su quehacer y ser diarios, las negamos. Paradojas del México contemporáneo: por ignorancia, la indiferencia y la omisión involuntaria cunden en aquella inmensa minoría que tradicionalmente sería refractaria a ellas.

Por lo anterior, convoco a una participación más decidida, menos tímida, menos intrascendente de nuestras voces. Convoco a que la palabra sea expresada, compartida, a que brote entre la arena o las grietas de la cantera y la memoria.

No sólo basta escribir cartas y que se publiquen por ahí, me sentaré y seguiré como si nada. Ilusa y cómoda posición, como uno más de los hábitos inamovibles de las clases medias, sólo pensamos en descargarnos de cualquier peso moral y proseguir (y no niego que esta misma invitación pueda ser parte de tal dinámica). Sin embargo, podemos quitarnos el peso moral, pero nunca estaremos éticamente desprovistos de toda responsabilidad. También por omisión muere gente. También por la inmovilidad y el silencio, el deterioro y la polarización de la sociedad oaxaqueña continúan su desbarrancamiento. Mientras los sensibles, los creadores, las personas con preparación universitaria (o mayor a la media) hemos decidido sólo mirar, algo grave pasa en dicha sociedad y momento histórico.

Mucho de ello proviene del egoísmo cultivado y promovido por las leyes del mercado con las que muchos de nosotros hemos transigido. También de los coqueteos y colusiones de algunos con el poder. Pero, sobre todo, de la falta de comunicación entre los múltiples miembros de esta comunidad. El diálogo de las ideas, razones e imaginaciones en el gremio de los intelectuales (por llamarlo de algún modo) se ha mantenido ausente o de manera errática. Un intercambio de experiencias y concepciones del mundo posibilitaría un entendimiento mayor del otro y de las realidades circundantes. Pleno, rotundo y enriquecedor sería el diálogo multidisciplinario de acontecer. Y en ello deberíamos insistir. Comunicación (información), organización, participación, comprensión. Además, el arte es político, en la medida en que surge en el seno mismo de la polis, del espacio interno al público, como recordaba Jacques Derrida en algún texto. Se sabe que mientras no haya un lector, receptor de las ideas transmitidas –en cualquier soporte o tipo de expresión artístico-cultural –, no se completa la obra misma.

Por último, no nos olvidemos y recordemos lo que Spinoza sugería: “en lo concerniente a las cosas humanas, ni reír, ni llorar, ni indignarse, sino comprender”. Así con el entramado oaxaqueño, así con el estado actual del arte, así con las barricadas, la política o la astronomía.

¿Si la creación, la imaginación, la reflexión no están presentes ahora, aparecerán mañana, a la caída deseable del régimen?, ¿o seguirán ganando la inmovilidad, la omisión cómplice, el silencio?, ¿o hasta que la presumible represión estatal suceda, excesiva y lancinante como suele ser?

Comunicados, unidos, organizados, participantes: no a la indiferencia.

Juan Pablornz

Oaxaca de Juárez, México. 2 de septiembre de 2006.

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